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El olvido que seremos Héctor Abad Faciolince PDF Imprimir E-Mail

 

“Ya somos el olvido que seremos” es la primera estrofa de un soneto de Jorge Luis Borges y que el médico Héctor Abad Gómez tenía en uno de sus bolsillos, copiado a mano por él mismo en la mañana del día 25 de agosto de 1987, precisamente unas horas antes de ser acribillado a la entrada del Sindicato de Maestros de Antioquia, cuando pretendía rendir homenaje a Luis Felipe Vélez, presidente del Sindicato y asesinado esa misma mañana.

Héctor Abad Gómez cayó asesinado en el mismo sitio que horas antes lo había sido el maestro Vélez, y en su ropa, junto al soneto “Epitafio” de Borges, le fue encontrado un listado de personas amenazadas en Medellín. La lista era larga, y en ella aparecen periodistas, escritores, abogados, cantantes, hombres públicos, líderes políticos, en fin, mucha gente. También él aparece en la lista. Cuando supo de ella y de sus integrantes, el día anterior a su muerte,  tuvo la ocurrencia de decir, con su sonora carcajada, imagino, que se sentía muy honrado de estar en compañía de personas tan buenas y tan importantes y que hacían tantas cosas en beneficio del país.

Dos jóvenes en moto. Para la moto al frente del sindicato donde hay un poco de gente, consternada con el asesinato ocurrido esa misma mañana. Los dos jóvenes se acercan al pequeño grupo, al tiempo que sacan las armas de la pretina de sus pantalones. Uno mata a Leonardo Betancur, discípulo del médico. El otro, con tiros en la cabeza, el cuello y el pecho, seis tiros, el cargador entero, acaba con la vida de Héctor Abad. Los cargos en su contra son muy simples, y quedan claros al lado de cada nombre de los amenazados. “Héctor Abad Gómez: Presidente del Comité de Derechos Humanos en Antioquia. Médico auxiliador de guerrilleros, falso demócrata, peligroso por simpatía popular para elección de alcaldes en Medellín. Idiota útil del pcc-up”. Frases como las recién trascritas no se comentan.

‘El olvido que seremos’ tiene dos partes que se entremezclan. Una, la presentación de un padre de familia que lo vemos más como un amigo. El retrato que el hijo, con el tiempo transcurrido, hace de su padre y de la vida familiar. Con sus dramas tremendos y sus bellas alegrías. Todo escrito en una prosa entrañable, novelada, si se quiere, pero ante todo sincera, que agarra, que recuerda infinidad de cosas colombianas, llena de dichos paisas, que hacen suspirar, recordar (y lagrimear a veces: lo admito en mi caso), cargado también de un humor irónico muy bien trabajado. En forma paralela, nos presenta a un buen miembro de la sociedad, médico comprometido con el bienestar social, especialista en salud pública, defensor de los derechos humanos, una muy buena persona, en suma, una especie de grito sobre un país que se desbarata y donde no se habla sino de fútbol, haciendo mía una frase del mismo médico Abad. Los asesinos nunca fueron condenados, no fueron enjuiciados, no fueron arrestados. Quienes ordenaron su muerte, paramilitares, auxiliados por sectores de las fuerzas militares o policiales, ante la vista ciega o cómplice de parte del Estado, con el silencio inquietante de la Iglesia y su moral, y de amplios sectores sociales, que aplauden o coadyuvan, tampoco nunca fueron condenados, enjuiciados o arrestados.

Nunca fui buen lector de Héctor Abad Faciolince, lo admito. Nunca me agarró. Sin embargo, con ‘El olvido que seremos’ me tomó del cuello desde su primera línea:  “En la casa vivían diez mujeres, un niño y un señor”. Y página tras página sólo me soltó en la 274, fascinado, después de haber presenciado estos dos relatos, el íntimo y el social, el familiar y el político, el grito de la ira y el aullido de amor, y quedé supremamente complacido. E indignado, como el autor, porque las cosas se olvidan.

Manuel Mejía

 

 

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